Y es el segundo. El día 1 de enero no era importante por el inicio del nuevo año, sino porque se abría el periodo de reservas del reconocido restaurante de Ferrán Adriá. Tras más de dos meses de preámbulos, a las doce y un minuto nos encontrábamos tecleando nuestros nombres en sendas reservas, con la idea, inocente, de que siendo de los primeros en hacerlo tendríamos una mesa para dos en el local de Roses. Redactados cuidadosamente, nuestros correos electrónicos hablaban de una fecha perdida en el mes de junio, a mitad de semana, por la loca idea de que pocos solicitarían esos días en primer lugar. Nuestros emails también mencionaban que si entonces no era posible, estábamos dispuestos a aceptar cualquier fecha del año.
Hace un par de días tanto Baxter como yo recibimos la respuesta: “La demanda ha superado de nuevo nuestras limitadas posibilidades de reserva y sentimos no poder complacer más peticiones para el 2010″. ¿Más peticiones? ¿Cuántas llegaron de las 00:00 a las 00:01? ¿Cuál es el criterio de selección de los comensales de ElBulli? Primero críticos gastronómicos, después políticos, escritores y artistas. Futbolistas, amigos de sus amigos y chefs internacionales… Para cuando llega el turno para la gente de a pie que lleva ahorrando meses para un viaje a Gerona con escapada al restaurante catalán, ya no queda ni un asiento en Cala Montjoi.
Baxter está muy decepcionado. Ha llegado a decir que ya no quiere ir a ElBulli, que no quiere rogar por experimentar la cocina de Adriá, tan premiada, tan internacional, tan televisiva. Y tan ilusionante para quienes adoramos comer bien. La ilusión de dos jóvenes con una cartera sin costuras no es carne para el bull dog de Adriá, un perro que, como en la canción, acabará mordiéndose la cola.
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